Las varices son un problema de salud bastante común que, aunque muchas veces se considera meramente cuestión de estética, está estrechamente vinculada a problemas más complejos relacionados con el sistema circulatorio. Entre ellos, uno de los más importantes —aunque no siempre conocido— es la hipertensión venosa, una condición que, en rasgos generales, puede agravar notablemente la evolución de las varices e incluso originarlas.
En este artículo, desde Varicenter, centro médico especializado en la eliminación de varices con microespuma sin cirugía, queremos hablarte de forma clara y sencilla sobre qué es exactamente la hipertensión venosa, cuáles son sus causas más frecuentes, cómo se relaciona con la presión venosa elevada y qué consejos prácticos puedes seguir para cuidar tu salud vascular y mantener una presión venosa y arterial dentro de los márgenes saludables. Porque, aunque hablamos de patologías distintas, la hipertensión venosa y las varices tienen más conexión de lo que parece.
La hipertensión venosa es una condición en la que la presión dentro de las venas se eleva por encima de los valores normales. A diferencia de la presión arterial, que mide la fuerza con la que la sangre circula por las arterias, en este caso nos referimos a la presión ejercida en el interior del sistema venoso, especialmente en las extremidades inferiores.
Este trastorno también se suele conocer bajo el nombre de “insuficiencia venosa crónica”, y aunque puede producirse en distintas partes del cuerpo, lo más habitual es que se manifieste en las piernas. En ellas, el retorno venoso se ve afectado por la gravedad de la tierra, especialmente si existen algunos otros factores que pueden comprometer el buen funcionamiento de las válvulas venosas.
La hipertensión venosa puede presentarse con diversos síntomas, algunos más evidentes que otros. Entre los más comunes se encuentran: sensación de pesadez o dolor en las piernas, especialmente al final del día; hinchazón en los tobillos, pies o pantorrillas; cambios en la coloración de la piel, que puede tornarse más oscura o violácea; picazón, hormigueo o incluso sensación de ardor en las zonas afectadas; y, por supuesto, la aparición de varices, que a menudo suelen ser el síntoma más visible.
En realidad, la hipertensión venosa no responde a una única causa, sino a la combinación de varios factores que pueden alterar la capacidad del sistema venoso para devolver la sangre al corazón. Uno de los desencadenantes más frecuentes es la insuficiencia venosa, una disfunción en la que las válvulas venosas no se cierran correctamente y permiten el reflujo de sangre, que termina acumulándose en las piernas y aumentando la presión en las venas.
Esta acumulación favorece el desarrollo de las varices y, de hecho, es una de las razones por las que la relación entre varices e hipertensión es tan significativa. Las válvulas debilitadas pierden su capacidad para mantener el flujo ascendente, lo que termina generando un círculo vicioso de congestión venosa. Si lo deseas, puedes ampliar más información leyendo este artículo en el que hablamos sobre la insuficiencia venosa crónica y explicamos qué es y qué grados se pueden dar dependiendo de su gravedad.
A esta disfunción se pueden sumar otras enfermedades que también incrementan la presión en el sistema venoso. La trombosis venosa profunda, por ejemplo, puede provocar obstrucciones que dificultan el paso de la sangre, generando hipertensión local. Asimismo, ciertas enfermedades cardíacas (como la insuficiencia cardiaca) o hepáticas también pueden alterar el retorno venoso y predisponer al desarrollo de venas varicosas.
Por otro lado, existen factores de riesgo que, aunque no son enfermedades en sí, favorecen la aparición de este problema. La predisposición genética, la edad (especialmente a partir de los 50 años), el sexo femenino (por factores hormonales), el embarazo, la obesidad, así como el sedentarismo y el exceso de ejercicio físico—, pueden influir de forma decisiva en el desarrollo de varices e hipertensión venosa.
Aunque se trata de sistemas distintos —el arterial y el venoso—, existe una estrecha relación entre la presión arterial elevada y la aparición o el empeoramiento de las varices. Cuando una persona sufre de hipertensión arterial, el corazón tiende a bombear con más fuerza para que la sangre circule por todo el cuerpo, lo que genera una presión extra tanto en las arterias como en las venas.
Con el tiempo, esta sobrecarga puede provocar un debilitamiento de las paredes venosas y dañar sus válvulas internas. Si estas dejan de funcionar correctamente, la sangre tiende a acumularse en el interior de las mismas, lo que da lugar a un incremento de la presión venosa. Esta es precisamente una de las razones por las que la hipertensión arterial y las varices están tan vinculadas.
En otras palabras, a pesar de que la presión arterial alta no sea la causa directa de las varices, sí puede ser un factor que puede agravar su desarrollo o acelerar su aparición, especialmente cuando se combina con otros factores como la edad, el sobrepeso o el sedentarismo.
En el extremo contrario, también debemos decir que algunas personas que sufren hipotensión arterial y venas varicosas también pueden experimentar síntomas bastante molestos, como sensación de fatiga, mareos o dolor en las piernas, por la dificultad para mantener un adecuado retorno sanguíneo al corazón, por lo que hipotensión y venas varicosas también están relacionados.

Prevenir tanto la hipertensión arterial como la hipertensión venosa pasa, en gran medida, por adoptar hábitos de vida saludables. Aunque cada caso debe abordarse de forma individualizada, sí existen una serie de recomendaciones generales que pueden resultar útiles para casi todo el mundo.
En primer lugar, es fundamental seguir una alimentación equilibrada, rica en alimentos de origen vegetal, como frutas frescas, verduras, legumbres y cereales integrales. También es recomendable reducir el consumo de sal —que contribuye a la retención de líquidos y a la presión arterial alta— y limitar la ingesta de grasas saturadas y evitar el consumo de productos ultraprocesados.
El segundo pilar es la realización de ejercicio físico moderado y regular. Actividades como caminar, nadar o montar en bicicleta pueden ayudar a mejorar la circulación y fortalecer el sistema cardiovascular. Sin embargo, debemos advertir que conviene evitar los excesos, ya que ciertos ejercicios de alta intensidad sostenidos en el tiempo pueden tener efectos contraproducentes en personas con predisposición a desarrollar varices e hipertensión.
Otro factor fundamental es controlar los niveles de estrés. Vivir con un nivel elevado de ansiedad o tensión emocional puede incidir negativamente sobre la presión arterial. Dedicar tiempo a descansar, practicar yoga, meditación o determinadas técnicas de relajación, así como mantener horarios regulares de sueño —al menos entre 7 y 8 horas diarias— puede marcar la diferencia.
Además, es importante no fumar, limitar el consumo de alcohol y mantener el peso bajo control. Todas estas medidas, además de contribuir a mejorar tu salud en general, también pueden ayudar a prevenir tanto la hipertensión arterial y las varices, como otras enfermedades cardiovasculares.
Desde Varicenter, apostamos por recomendar soluciones que no únicamente sirven para tratar los problemas, sino que también funcionan como medidas de prevención. Si te preocupan las venas varicosas o has notado que sufres alguno de los síntomas que hemos mencionado, no dudes en consultar con nuestro equipo médico especializado. Gracias a un diagnóstico precoz y con el tratamiento adecuado, es posible mejorar la salud vascular sin necesidad de cirugía, por ejemplo, gracias a la aplicación de microespuma de varices.